14/1/18

En la caja





     Hace unos días, en la caja del supermercado, pago y recojo los artículos. Mientras, la señora que viene detrás habla con la cajera.

     -Que bueno que terminó la Navidad. Se acuerda una tanto de las personas que están lejos…

     Yo la miro y le digo.

     -Y de la Argentina. ¿Verdad?

     -¿Cómo lo sabe?

     -Porque tengo amigos allí y reconozco el acento.

     -Pues sí, se añora la tierra, pero acá tenemos una tierra muy bonita que hemos elegido para vivir.

     Mis compras ya están en la bolsa, me despido, le deseo un buen año y ella a mí. Pero, de pronto, me vuelvo, la abrazo y poco menos que salgo corriendo un poco avergonzada del arrebato.

     Si la vuelvo a ver no la reconoceré. Solo se que era bastante más joven y que decía “yo” como Carlos Cano en Malena.

6/1/18

El Roscón





     Hay dulces que son "familiares" porque solo se fabrican grandes y uno de ellos, el más entrañable (no me gusta esa palabra, pero hay lo que hay), es el Roscón de Reyes. El Roscón se llama así porque es un rosco grande y, por pequeño que sea, siempre da para varias porciones, así que en una casa como la mía, un Roscón pequeño puede hacerte aborrecerlo a fuerza de tomar todos los días lo mismo para que no se eche a perder. 

     Pero ocurre que, en el piso de al lado, yo tenía desde hace muchísimos años una familia numerosa, muchos hijos que, pasado el tiempo, dieron lugar a muchos nietos y todos, hijos y nietos, se reunían con los abuelos el 6 de enero a tomar chocolate y Roscón de Reyes. Había un ruido agotador toda la tarde, niños nerviosos por los regalos de Reyes gritando y corriendo de un lado a otro, pero sobre esta hora, cuando el cansancio los iba serenando, los más pequeños llamaban a mi puerta con un plato que apenas si sabían sostener, ofreciéndome un trozo de Roscón. Con ellos llegaba la abuela, mi vecina, vigilando que el dulce no terminara en el suelo, y yo le decía lo altos que estaban todos y que parecía ayer cuando sus hijos, los padres de estos niños, habían hecho lo mismo. 

     Pero mis vecinos ya no están, se fueron los dos, y el piso está cerrado y en silencio. Ya no corren niños el Día de Reyes, ya no hay Roscón y esta es la segunda Navidad que no lo pruebo. 

     Recordando a E. y J.P. Mis vecinos.


2/1/18

Año Nuevo






     He pasado los dos últimos días del año entre velatorio y entierro, por lo que no he podido ir a la Plaza del Carmen a buscar la loseta posicional para hacer la consabida foto de la fachada del Ayuntamiento, con sus luces, su caballito en el tejado y su reloj. 

     Pero hoy, ya medio repuesta del ajetreo del entierro más complicado y con más incidencias al que he asistido en mi ya larga vida, os traigo la misma fachada en el día en el que se tremola el pendón de los Reyes Católicos en ese balcón y abajo, sobre mi loseta, puede ser que se líen a tortas los pro-Toma y los anti-Toma

     Lo que no es obstáculo para que os desee lo mejor a lo largo del año que acaba de nacer.  Año de gracia de 2018, para más señas.

28/12/17

La Noche-Buena






     Es duro cenar sola en Nochebuena. Te dices que no pasa nada, que es una noche como las demás, pero no te dejan. No te han dejado las tiendas llenas de gente, de personas que compran como posesas. No te han dejado las conversaciones de las clientas con un tema único: cuantos se reunirán a cenar. No te han dejado las amigas, agobiadas porque les llegan TODOS los hijos y TODOS los nietos y no saben donde acoplarlos. Y no te han dejado las preguntas impertinentes de con quien vas a cenar tú. Aunque eludes la respuesta con una broma. Y hasta mientes.

     Enciendes la tele y recuerdas otras Nochebuenas viendo “La Primera”, la mejor televisión de España… porque no había otra. Te parecen muy cercanas esas Nochebuenas y te das cuenta de los años que han pasado cuando ves a Raphael. 

     Pero cuando te derrumbas es cuando te empiezan a llegar fotos de largas mesas adornadas y grandes familias reunidas alrededor de ellas. Familias que algunas llevan tu sangre circulando por sus venas.  

24/12/17

Navidad






     Hace unos días, el juez Emilio Calatayud, a quien la mayoría conoceréis, escribió en su blog

Buenas. Soy Emilio Calatayud. Como muchos de vosotros ya sabréis, soy católico, apostólico y romano, igual que hay quien es sintoísta, musulmán o ateo. Pues como católico, apostólico y romano me dispongo a celebrar la fiesta de la Navidad, que no es otra cosa que la conmemoración del nacimiento de Jesucristo. O sea, que es una celebración cristiana. Con motivo de ello, las ciudades, edificios y supermercados se engalanan con luces y adornos muy vistosos. Pues de un tiempo a esta parte, vengo observando que esas luces y adornos son cada vez más modernos, pero también menos navideños. Cuadros, rombos, círculos, esferas, triángulos… No sé, pero parece que nos da vergüenza reconocer que lo que se celebra en Navidad es el nacimiento de Jesucristo. A este paso, los niños acabarán preguntándose quiénes fueron los Reyes Magos y el niño Jesús.

     A mí me parece justo lo que dice don Emilio, tan justo como sus sentencias, pero le propondría para el año próximo que, con su prestigio y su buen hacer, impulsara una especie de trato o consenso, por el cual los sintoístas, musulmanes y ateos celebraran la Noche Vieja y el Año Nuevo, dejándonos a los cristianos Nochebuena y Navidad. Así ellos tendrían las campanadas, uvas, cohetes, cotillón, etc. y nos dejarían a nosotros el fun, fun, fun de los villancicos, los belenes, la Misa del Gallo y los mantecados no aptos para musulmanes. En las luces podríamos también llegar a un acuerdo, pues, si en el triángulo centramos un ojo, ya sabemos lo que significa, lo mismo que la estrella de ocho puntas se representa muchas veces rodeada de un círculo.

     ¿Qué le parece, señor juez? La próxima vez que nos encontremos en el super a ver si lo hablamos….

     ¡Feliz Navidad a todos! (Y a don Emilio, por supuesto)

  

13/12/17

Por una mariposa muerta






     Dos de la tarde. Centro de la ciudad. Una calle estrecha, llena de tráfico. Un día frío, pero radiante. Camino con el sol de cara y, de pronto, veo una sombra que revolotea. ¡Una mariposa de colores! Me parece un milagro en semejante sitio. Ruido, polución, gente… Saco el móvil a toda prisa y le abro la cámara. La mariposa, dócilmente, se posa justo delante de mí, sobre la raya blanca del paso de peatones. Perfecto, no podía estar mejor. Enfoco… y una moto a toda velocidad se la lleva por delante. Miro al sol, miro a mi alrededor y nada revolotea. Y noto que veo borroso. Estoy llorando por una mariposa muerta. Por una foto perdida. O quizá por mucho más que eso.

Es como si las cosas se me escondieran siempre.
Elena Martín Vivaldi

4/12/17

4 de diciembre





     Hoy se cumplen 40 años de la muerte en Málaga de Manuel José García Caparrós, durante una manifestación que reivindicaba la autonomía de Andalucía y a manos de un “gris” de gatillo fácil del que, tantos años después, no se han conocido más que las iniciales. Los nacionalistas andaluces consideran esta fecha el Día de Andalucía y no el 28 de febrero, cuando votamos en referéndum la autonomía por la vía del artículo 151 de la Constitución, reservado a las llamadas comunidades históricas. Pero yo no lo creo así por una razón muy simple: porque el Día de Andalucía es una fiesta y la muerte de una persona nunca puede ser una fiesta. Se puede conmemorar, se puede recordar, pero no celebrar. No podemos decirle a nuestros niños que agiten banderas verdiblancas y canten el himno de Blas Infante porque una vida joven se truncó alevosamente en las calles de Málaga. Pero sí podemos enseñarles quien fue Manuel José García Caparrós, que sepan que murió defendiendo una causa en la que creía y que su muerte inició un proceso que culminó el 28 de febrero de 1980.

28/11/17

¡Ay, el móvil!






     En la cola del super, una señora a otra, mostrando su smartphone último modelo:

     -No se para que me han dado mis hijos este móvil si no contestan nunca cuando los llamo. 

     Real como la vida misma…


18/11/17

La Querida



Las horas tristes. (Ramón Casas)


     En la posguerra, era una institución en mi ciudad. Era normalísimo que todo señor importante -y menos importante, pero con dinero- tuviese una Querida. Tuviese una esposa, señora de su casa y madre de sus hijos, pero además,  un piso en un barrio  donde albergaba a La Querida, con la que algunas veces tenía hijos también, aunque no era lo más corriente.

     La Querida solía ser, en un principio, una muchacha joven, guapa y pobre, venida de un pueblo a servir o hija de una prostituta de alguno de aquellos tristes burdeles de la calle Varela. Una chica sin más porvenir que sustituir a su madre en el prostíbulo cuando envejezca, pero a la que un día le toca el gordo cuando don Claudio, el mejor cliente, se encapricha de ella y le pone un piso calles más allá, en el Realejo.

     Entonces, todo el burdel tira cohetes porque la Paqui ya tiene el porvenir resuelto y va a vivir como una reina, ya no va a tener que acostarse con todo el que llega, sino que sus favores serán solo para un Señor Muy Respetable. Pero resulta que la misión de la Paqui es estar todo el día en su “jaula de oro”, como la llama la copla, arreglada, con su déshabillé igualito al que vio en una película americana del cine Regio, día tras día dispuesta por si al señor se le ocurre echar un polvo. Que puede ser por la mañana al salir del banco, por la tarde mientras la santa esposa va de visita o por la noche, al terminar la tertulia en el Liceo o el Centro Artístico

     La Paqui no trabaja, solo cuida su casa y su aspecto, y las vecinas que la critican, en el fondo la envidian. Pero la Paqui no tiene vida propia, sale un momento a comprar a una tienda de la calle Molinos y vuelve corriendo, no sea que el señor respetable se enfade si llega y no está. Y así van pasando los años, siempre con el miedo de que la cambie por otra más joven y tenga que volver al prostíbulo. O que, siendo mucho mayor que ella, muera y el resultado sea el mismo.

     La Paqui, La Querida de don Claudio. Una mujer.


8/11/17

Ancianos tecnológicos




     Hace poco, me contó un amigo que su hijo de 12 años dice de mí que soy una “anciana tecnológica” y esto me ha hecho pensar -una vez más- en lo mal que se está poniendo la vida para las personas de cierta edad, cómo la sociedad evoluciona de forma que las va excluyendo. Nos va excluyendo, diríamos mejor, pues tampoco yo me libro de eso por muy “tecnológica” que sea.

     Y me estoy refiriendo a que, en este momento, lo que importa es la mayoría, lo que la mayoría quiere y le va,  de ahí que, como los jóvenes son más consumidores, todo se hace pensando en ellos. Por ejemplo, en los bares y cafeterias se están imponiendo esos veladores altos con banquetas inestables, en las que a las personas mayores les cuesta subirse y se dan el morrazo día sí día no. Otro ejemplo podrían ser las tiendas de ropa. Cada vez que voy al centro veo que ha desaparecido una tienda en la que se podía comprar ropa de mayores y en su lugar hay otra de jóvenes. Y al decir de mayores no me refiero a “ropa de señora gorda en día de bautizo”, que esa tampoco me gusta a mí, pero sí a algo con lo que no hagamos el ridículo.

     Siguiendo con las compras, otro problema actual para las personas mayores son los envíos de las compras, pues rara es la tienda ahora que te las llevan a domicilio y, si te la llevan, te cobran cantidades estratosféricas por hacerlo, ya que se supone que todo el mundo tiene coche y puede cargar con artículos de peso. Probad a comprar una impresora y veréis lo que pasa. O cargas con una caja que te impide ver el suelo que pisas, o pagas más de lo que te cuesta la impresora… o te quedas sin ella.
  
     Pero el colmo de lo excluyente es la introducción cada vez mayor de la tecnología en todo. Cuando hay personas mayores que ni siquiera se aclaran con los pesos de los supermercados, ya nos podemos imaginar lo que ocurre en esas cajas rápidas sin cajera, donde yo me lo guiso yo me lo como, a base de teclas y pantalla. Y no digo nada de lo que pasa cuando llamas por teléfono a una operadora de telefonía y no hay forma de entenderse con un ser humano, solo máquinas y máquinas. Y al menos, las  “ancianas tecnológicas” más o menos nos manejamos con todas estas cosas, pero imaginaos una persona mayor, que no sea “tecnológica”, como se las arregla, seguramente tiene que recurrir a alguien, a un hijo o pariente que se lo solucione. O sea, nos hacen dependientes antes de tiempo, pues no hace tanto una persona mayor podía, por ejemplo, llamar a su compañía de teléfonos y explicarle de palabra lo que le pasaba, pero ahora ya tiene que depender de otra persona.
     
     Resumiendo. Que la sociedad está montada para mostrarnos a los mayores la puerta de salida.


27/10/17

Dos amigos






     Hoy voy a hablaros de dos amigos, amigos míos y, sobre todo, amigos entre sí. Se trata de Francisco Gil Craviotto (en adelante, Paco) y Antonio García Carrillo (en adelante, Nono, Nono Carrillo, como firmaba sus cuadros)

     Se conocen muy jóvenes en Granada, a mediados de los 50, cuando Nono se forma como pintor en la Escuela de Artes y Oficios y Paco estudia en la Facultad de Derecho, aunque su vocación es ser escritor. Años después, Nono marcha a Alemania, dejando ya en Granada una obra consolidada como pintor y, pasado algún tiempo, Paco inicia también su exilio en París, donde en un principio da clases de español en una academia, luego se licencia en Letras por la universidad París IV y trabaja como profesor de español en una multinacional que se expande por América del Sur.  Pero la amistad sigue, se ven, se visitan, los viajes de París a Hamburgo y de Hamburgo a París son frecuentes, mientras luchan por abrirse camino en un país que no es el suyo. Trabajan, forman una familia, tienen hijos, dos hijas ambos, y la amistad permanece inalterable. Paco, desde su casa en Les Mureaux, muy cerca de París y a orillas del Sena, se entusiasma con las clases de Lengua y Civilización que, en tiempos de Adolfo Suárez, organiza la Embajada de España para los hijos de inmigrantes españoles y se incorpora a ellas como profesor, crea un nuevo método que facilita esta enseñanza y, como remate, cuando se abre la Casa de España en Les Mureaux, es elegido  vocal de cultura y se esfuerza en darles a sus compatriotas, emigrados o nacidos en la emigración, cine español y excursiones culturales. Por su parte, Nono en Hamburgo hace lo propio, creando una tertulia cultural con el nombre de El butacón, por la que pasaron multitud de personajes relevantes de la cultura española, y una revista de poesía, Viento Sur, “abierta a todas las plumas de la emigración hispana”, como ha escrito Paco de él recientemente.

     El tiempo pasa y sigue la amistad, siguen los viajes Francia-AlemaniaAlemania-Francia, juntas las dos parejas habían visitado el muro de Berlín pocos días después de su caída y, por supuesto, a lo largo de todos estos años, se han visto cuando coinciden en Granada en vacaciones. Pero el tiempo sigue pasando, llega la hora de la jubilación y la vuelta a la tierra definitiva, Paco se instala en Granada y Nono fija su residencia en Torrenueva, en la costa granadina. Y ahora el trato puede ser aun mayor, hasta el punto de que, en una ocasión, Paco pasa unos días ingresado en el hospital de Motril por una enfermedad surgida repentinamente estando en casa de Nono.  Y, por supuesto, siempre que Paco participa en algún acto cultural o es protagonista, como en la presentación de sus libros, Nono viaja desde la costa, con su bufanda y su gorra de visera, para estar al lado del amigo.  

     Hasta que este verano, el 18 de julio, muere Nono a los 86 años y cabría decir que la amistad ha llegado a su fin. Pero yo no lo creo y pienso que cuando, hace unos días, el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada homenajeó a PacoNono estaba allí, entre el público. Como siempre. Porque la muerte no acaba, no puede acabar, con una amistad de más de sesenta años.  “Muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15,54-58)