4/12/17

4 de diciembre





     Hoy se cumplen 40 años de la muerte en Málaga de Manuel José García Caparrós, durante una manifestación que reivindicaba la autonomía de Andalucía y a manos de un “gris” de gatillo fácil del que, tantos años después, no se han conocido más que las iniciales. Los nacionalistas andaluces consideran esta fecha el Día de Andalucía y no el 28 de febrero, cuando votamos en referéndum la autonomía por la vía del artículo 151 de la Constitución, reservado a las llamadas comunidades históricas. Pero yo no lo creo así por una razón muy simple: porque el Día de Andalucía es una fiesta y la muerte de una persona nunca puede ser una fiesta. Se puede conmemorar, se puede recordar, pero no celebrar. No podemos decirle a nuestros niños que agiten banderas verdiblancas y canten el himno de Blas Infante porque una vida joven se truncó alevosamente en las calles de Málaga. Pero sí podemos enseñarles quien fue Manuel José García Caparrós, que sepan que murió defendiendo una causa en la que creía y que su muerte inició un proceso que culminó el 28 de febrero de 1980.

28/11/17

¡Ay, el móvil!






     En la cola del super, una señora a otra, mostrando su smartphone último modelo:

     -No se para que me han dado mis hijos este móvil si no contestan nunca cuando los llamo. 

     Real como la vida misma…


18/11/17

La Querida



Las horas tristes. (Ramón Casas)


     En la posguerra, era una institución en mi ciudad. Era normalísimo que todo señor importante -y menos importante, pero con dinero- tuviese una Querida. Tuviese una esposa, señora de su casa y madre de sus hijos, pero además,  un piso en un barrio  donde albergaba a La Querida, con la que algunas veces tenía hijos también, aunque no era lo más corriente.

     La Querida solía ser, en un principio, una muchacha joven, guapa y pobre, venida de un pueblo a servir o hija de una prostituta de alguno de aquellos tristes burdeles de la calle Varela. Una chica sin más porvenir que sustituir a su madre en el prostíbulo cuando envejezca, pero a la que un día le toca el gordo cuando don Claudio, el mejor cliente, se encapricha de ella y le pone un piso calles más allá, en el Realejo.

     Entonces, todo el burdel tira cohetes porque la Paqui ya tiene el porvenir resuelto y va a vivir como una reina, ya no va a tener que acostarse con todo el que llega, sino que sus favores serán solo para un Señor Muy Respetable. Pero resulta que la misión de la Paqui es estar todo el día en su “jaula de oro”, como la llama la copla, arreglada, con su déshabillé igualito al que vio en una película americana del cine Regio, día tras día dispuesta por si al señor se le ocurre echar un polvo. Que puede ser por la mañana al salir del banco, por la tarde mientras la santa esposa va de visita o por la noche, al terminar la tertulia en el Liceo o el Centro Artístico

     La Paqui no trabaja, solo cuida su casa y su aspecto, y las vecinas que la critican, en el fondo la envidian. Pero la Paqui no tiene vida propia, sale un momento a comprar a una tienda de la calle Molinos y vuelve corriendo, no sea que el señor respetable se enfade si llega y no está. Y así van pasando los años, siempre con el miedo de que la cambie por otra más joven y tenga que volver al prostíbulo. O que, siendo mucho mayor que ella, muera y el resultado sea el mismo.

     La Paqui, La Querida de don Claudio. Una mujer.


8/11/17

Ancianos tecnológicos




     Hace poco, me contó un amigo que su hijo de 12 años dice de mí que soy una “anciana tecnológica” y esto me ha hecho pensar -una vez más- en lo mal que se está poniendo la vida para las personas de cierta edad, cómo la sociedad evoluciona de forma que las va excluyendo. Nos va excluyendo, diríamos mejor, pues tampoco yo me libro de eso por muy “tecnológica” que sea.

     Y me estoy refiriendo a que, en este momento, lo que importa es la mayoría, lo que la mayoría quiere y le va,  de ahí que, como los jóvenes son más consumidores, todo se hace pensando en ellos. Por ejemplo, en los bares y cafeterias se están imponiendo esos veladores altos con banquetas inestables, en las que a las personas mayores les cuesta subirse y se dan el morrazo día sí día no. Otro ejemplo podrían ser las tiendas de ropa. Cada vez que voy al centro veo que ha desaparecido una tienda en la que se podía comprar ropa de mayores y en su lugar hay otra de jóvenes. Y al decir de mayores no me refiero a “ropa de señora gorda en día de bautizo”, que esa tampoco me gusta a mí, pero sí a algo con lo que no hagamos el ridículo.

     Siguiendo con las compras, otro problema actual para las personas mayores son los envíos de las compras, pues rara es la tienda ahora que te las llevan a domicilio y, si te la llevan, te cobran cantidades estratosféricas por hacerlo, ya que se supone que todo el mundo tiene coche y puede cargar con artículos de peso. Probad a comprar una impresora y veréis lo que pasa. O cargas con una caja que te impide ver el suelo que pisas, o pagas más de lo que te cuesta la impresora… o te quedas sin ella.
  
     Pero el colmo de lo excluyente es la introducción cada vez mayor de la tecnología en todo. Cuando hay personas mayores que ni siquiera se aclaran con los pesos de los supermercados, ya nos podemos imaginar lo que ocurre en esas cajas rápidas sin cajera, donde yo me lo guiso yo me lo como, a base de teclas y pantalla. Y no digo nada de lo que pasa cuando llamas por teléfono a una operadora de telefonía y no hay forma de entenderse con un ser humano, solo máquinas y máquinas. Y al menos, las  “ancianas tecnológicas” más o menos nos manejamos con todas estas cosas, pero imaginaos una persona mayor, que no sea “tecnológica”, como se las arregla, seguramente tiene que recurrir a alguien, a un hijo o pariente que se lo solucione. O sea, nos hacen dependientes antes de tiempo, pues no hace tanto una persona mayor podía, por ejemplo, llamar a su compañía de teléfonos y explicarle de palabra lo que le pasaba, pero ahora ya tiene que depender de otra persona.
     
     Resumiendo. Que la sociedad está montada para mostrarnos a los mayores la puerta de salida.


27/10/17

Dos amigos






     Hoy voy a hablaros de dos amigos, amigos míos y, sobre todo, amigos entre sí. Se trata de Francisco Gil Craviotto (en adelante, Paco) y Antonio García Carrillo (en adelante, Nono, Nono Carrillo, como firmaba sus cuadros)

     Se conocen muy jóvenes en Granada, a mediados de los 50, cuando Nono se forma como pintor en la Escuela de Artes y Oficios y Paco estudia en la Facultad de Derecho, aunque su vocación es ser escritor. Años después, Nono marcha a Alemania, dejando ya en Granada una obra consolidada como pintor y, pasado algún tiempo, Paco inicia también su exilio en París, donde en un principio da clases de español en una academia, luego se licencia en Letras por la universidad París IV y trabaja como profesor de español en una multinacional que se expande por América del Sur.  Pero la amistad sigue, se ven, se visitan, los viajes de París a Hamburgo y de Hamburgo a París son frecuentes, mientras luchan por abrirse camino en un país que no es el suyo. Trabajan, forman una familia, tienen hijos, dos hijas ambos, y la amistad permanece inalterable. Paco, desde su casa en Les Mureaux, muy cerca de París y a orillas del Sena, se entusiasma con las clases de Lengua y Civilización que, en tiempos de Adolfo Suárez, organiza la Embajada de España para los hijos de inmigrantes españoles y se incorpora a ellas como profesor, crea un nuevo método que facilita esta enseñanza y, como remate, cuando se abre la Casa de España en Les Mureaux, es elegido  vocal de cultura y se esfuerza en darles a sus compatriotas, emigrados o nacidos en la emigración, cine español y excursiones culturales. Por su parte, Nono en Hamburgo hace lo propio, creando una tertulia cultural con el nombre de El butacón, por la que pasaron multitud de personajes relevantes de la cultura española, y una revista de poesía, Viento Sur, “abierta a todas las plumas de la emigración hispana”, como ha escrito Paco de él recientemente.

     El tiempo pasa y sigue la amistad, siguen los viajes Francia-AlemaniaAlemania-Francia, juntas las dos parejas habían visitado el muro de Berlín pocos días después de su caída y, por supuesto, a lo largo de todos estos años, se han visto cuando coinciden en Granada en vacaciones. Pero el tiempo sigue pasando, llega la hora de la jubilación y la vuelta a la tierra definitiva, Paco se instala en Granada y Nono fija su residencia en Torrenueva, en la costa granadina. Y ahora el trato puede ser aun mayor, hasta el punto de que, en una ocasión, Paco pasa unos días ingresado en el hospital de Motril por una enfermedad surgida repentinamente estando en casa de Nono.  Y, por supuesto, siempre que Paco participa en algún acto cultural o es protagonista, como en la presentación de sus libros, Nono viaja desde la costa, con su bufanda y su gorra de visera, para estar al lado del amigo.  

     Hasta que este verano, el 18 de julio, muere Nono a los 86 años y cabría decir que la amistad ha llegado a su fin. Pero yo no lo creo y pienso que cuando, hace unos días, el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada homenajeó a PacoNono estaba allí, entre el público. Como siempre. Porque la muerte no acaba, no puede acabar, con una amistad de más de sesenta años.  “Muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15,54-58)

19/10/17

Cumpleaños







     Casi se me acaba el día sin felicitar a este Macasar, que ha cumplido hoy nueve añitos nada menos. 

♫ ♫ ¡¡¡ Y que cumplas muchos más !!! ♫ ♫♫



12/10/17

Yo hice la Transición





     Hace unos días, me enviaron el enlace a este artículo que, en conjunto, suscribo y me parece muy acertado, pero al que tengo que replicar algunas cosas, digamos que por alusiones.

     El autor plantea todo su análisis como un conflicto entre generaciones, entre los mayores, aferrados a lo antiguo, y los jóvenes que piden cambio, pero a mí me parece un poco simplista partir de esa base, pues no me siento representada (esa frase tan “podemita”) en la valoración que, según él, hacemos los mayores de la Transición

     Yo “hice” la Transición. La soñé, luché por ella y la viví. Sufriéndola por lo despacio que iba, pero eso ya es otra historia. La hice, y puedo decir y digo que se hizo lo que se pudo, que, dadas las circunstancias, no se podía hacer de otra forma. Y que dio lugar a una Constitución que, a juicio de constitucionalistas de todo el mundo civilizado, era de las mejores que se habían redactado hasta el momento.

     Pero han pasado los años y la sociedad y las circunstancias ya no son las mismas, aquella Transición, que ni fue tan modélica como se ha venido diciendo, ni tan desastrosa como se la ve ahora, ya es Historia en el examen de Selectividad y la Constitución también acusa los años pasados por ella. Bueno, pues muy bien. Vosotros, los jóvenes, haced otra que se adapte a los tiempos presentes, pero sabiendo siempre que tenéis entre las manos algo con fecha de caducidad, que pasará el tiempo y otra generación dirá que ya no le sirve, que os habéis equivocado, que todo lo hicisteis mal.

     Me pregunto, entonces, como se las arreglan los países que tienen una Constitución desde hace siglos y les sigue funcionando con ligeros retoques.


30/9/17

De la vejez y otras soledades






     Recibo este correo de una amiga que me habla de alguien a quien he cambiado el nombre por privacidad. Como veréis, se trata de una amiga que vivía cerca de ella, en su casa de toda la vida, y a la que los hijos han trasladado a un piso pequeño para que, según ellos, esté más cómoda.  

     El correo dice así, con algunas modificaciones por el mismo motivo de preservar su intimidad. 


     He estado visitando a Marta casi todos los días, pues todos los de su familia han viajado dejándola sola en su nuevo apartamento, y está muy depresiva. No recuerdo si te conté que yo no estuve de acuerdo en que se cambiara de forma tan urgente, pero los hijos en cuanto encontraron un apartamento de su agrado, la trasladaron en dos días y luego se fueron todos de vacaciones. La pobre se siente como si la hubieran ingresado en una residencia y, para colmo, en total soledad. 
     En la casa que está cerca de la mía, vivía desde hace casi medio siglo y han pasado por ella todos sus nietos y bisnietos en distintas épocas. La conocen  todos los vecinos y comercios del barrio, y bastaba tan solo abrir la puerta para que entablara un diálogo con alguno de ellos.
     Por la velocidad en que se hizo el traslado no ha podido terminar de decidir de qué cosas se va desprender definitivamente, ni ha podido hacer las modificaciones en el apartamento para adaptarlo a su gusto y necesidad. Como vive sola con sus casi 90 años, necesita tener todas las cosas a su alcance, ni muy arriba ni muy abajo, porque aunque se desplaza solo ayudada por un bastón, no puede agacharse ni subirse a una escalera.
     Está además muy dolida con sus hijos porque comenzaron a hablar de la venta de la casa el mismo día que la trasladaron. No me lo ha dicho en forma clara pero creo que hay un interés monetario.

     Hasta aquí el correo. Sin comentarios por mi parte. 

24/9/17

¡Habemus Metro!





     Metro-Tranvía-Tren Ligero, que es un poco de cada cosa. Pero a los que no sois del terreno os voy a contar una historia que habla mucho de la idiosincrasia granadina, de que por algo se dijo que todo el posible en Granada.

     Allá por los años 90, a alguien se le ocurrió pensar que por qué Granada, la ciudad con el monumento más visitado de España, no tenía un Metro como las ciudades importantes, y como aquí todo se discute hasta la extenuación, empezaron las discusiones. Que si por el centro, comunicando el sur de la ciudad con el norte, que si es mejor comunicar los pueblos del cinturón que generan un montón de tráfico y atascos monumentales, que si…. Lo del centro estaba difícil por el río Darro que lo cruza cubierto, por las calles estrechas y las casas antiguas con pocos cimientos, así que se decide que mejor empezamos por comunicar el área metropolitana que es más fácil y barato, pues puede ir en superficie y eso está chupao. Vamos, como la antigua red de tranvías que tenía Granada y que abandonaron estúpidamente.

     Pero sí, sí. La Junta de Andalucía, madre del cordero, no contaba con un alcalde cabezón, en todos los sentidos, que se empeña en que el Tranvía tiene que ser Metro, tiene que ir subterráneo, y empiezan de nuevo durante años las discusiones, el tira y afloja con la Junta, que no quiere gastar tanto dinero, pero que al final accede a que se soterre  bajo el Camino de Ronda, donde nos encontramos con otro río, el Genil, que para colmo de males, discurre en superficie, pero muy por debajo de esa antigua carretera que ahora es calle. O sea, que hay que bajarse poco menos que al infierno de Pedro Botero para pasar por debajo del río. Quedan, por tanto tres tramos distintos, los de los extremos en superficie y el central subterráneo.

     Mientras tanto, estamos ya en 2007, que desde 1998 en que se presentó el primer proyecto, ya ha llovido cuando empiezan las obras a bombo y platillo en uno de sus extremos. Van en superficie, así que no hay demasiados problemas, pero lo grave llega cuando empiezan en el tramo subterráneo. Restos arqueológicos, pinchazos en las tuberías del gas, inundaciones de las conducciones de agua… Pero en fin, que no cunda el pánico porque todo esto es normal cuando se abre en canal una de las arterias principales. Y en ese punto entra esta que escribe como víctima. Esa calle es mi paso para ir al super y ahí me tenéis saltando zanjas con el carro de la compra, pasando entre unas vallas al ir y por otras al volver porque ya las han cambiado de sitio. Pero todo sea por la causa, porque algún día podamos ver bajo esos escombros un reluciente Metro circulando.

Y ENTONCES, LLEGA LA CRISIS.

     Se cierra el grifo del dinero, las constructoras van abandonando, las obras se ralentizan o se paran, nos quedamos con todo levantado y esta que escribe -y salta zanjas- empieza a dudar que alcance a ver el Metro reluciente. Pero como todo pasa y todo llega, aunque lo nuestro es pasar, en 2012 parece que la cosa se va animando, se ven de nuevo los trabajadores y las máquinas, levanto mis ojos al cielo el día que cruzo por un suelo llano y asfaltado camino del super, las obras avanzan y, después de algunos tropiezos que a estas alturas del partido ya no tienen importancia, en este año de gracia de 2017, en el mes de febrero, con la fresca, se dan por terminadas y empiezan las pruebas “en blanco”, o sea, sin pasajeros y a velocidad de tortuga.

     Y aquí llega, esplendorosa, la “malafollá granaína”. Estas pruebas, que en ciudades vecinas duraron un par de meses, aquí se alargan y se alargan hasta siete. ¿Por qué? Pues porque los granadinos, con tantos años de ver las vías sin uso en nuestras calles, nos hemos acostumbrado a ellas y no nos cabe en la cabeza que por allí pasen vagones que pueden hacer pupa si te pones delante, así que en esos siete meses se ha visto de todo, desde coches aparcados en las vías, hasta grupos de jóvenes tomando el sol en el césped que hay entre ellas y, por supuesto, coches y personas que cruzan por donde les viene en gana y que han provocado algún que otro choque, sin víctimas, afortunadamente. Y cuando el Metro tiene que parar por estas causas, los técnicos le llaman “incidencias”, que cuando parece que van disminuyendo, resulta que aumentan en agosto, el mes con menos tráfico y menos gente. (Recordad lo de la malafollá) Por tanto, la fecha de apertura al público se va retrasando, hasta que ya la cosa es insostenible y se deciden a inaugurarlo el pasado jueves, cruzando los dedos para que no ocurra nada. Y en esas estamos, con nuestro Metro-Tranvía-Tren Ligero funcionando con gran éxito y con el santo Patrón de los ferrocarriles haciendo horas extraordinarias al cuidado de los granadinos, que siguen pensando que esas vías en las calles son de adorno.
     

11/9/17

La Desbandá




Foto tomada de eldiario.es


     Empezando el verano, se publicó en la sección de Cartas al Director de IDEAL, una carta que me llamó la atención. La firmaba un señor que escribe con frecuencia y trata diversos temas, pero en esta ocasión trataba un tema personal, aunque de forma distinta a como podría esperarse.

     Poco antes se había hablado en el mismo periódico de la llamada “Desbandá”, uno de los hechos más terribles de nuestra Incivil Guerra, y este hombre contaba que su madre la vivió, que en ella perdió toda su familia y solo encontró muchos años después a un hermano tras una larga búsqueda. Una tragedia por la que pocas personas pasan, pero lo notable es que este hombre de lo que se quejaba era precisamente de que los de la Memoria Histórica quisieran remover aquello con afán reivindicativo, quisieran mantenerlo vivo, sin olvido ni perdón. ¿Por qué esta postura cuando se supone que tendría que ser la contraria? Volvamos atrás para ello.

     Ocurre que, por sus apellidos, siempre he sospechado que este señor era hermano de un antiguo amigo con el que perdí el contacto, pero ahora esta carta me lo confirma, ya que aquel amigo me contó hace muchos años esta misma historia y me la contó de la misma manera, sin odio, sin rencor. O sea, que estos hermanos conocieron la historia de su madre, pero ella supo transmitírsela de forma que no crecieran con odio, porque sabía que eso podría marcarlos para toda su vida y ella no quería esa carga para ellos. Otras mujeres por la época vivieron tragedias semejantes y callaron después ante sus hijos, seguramente por el mismo motivo, pero ella no pudo, tenía que buscar a su hermano, todos se enteraron, sus hijos también.

     Y ahora, tantos años después, uno de ellos escribe una carta en IDEAL pidiendo algo que parece contradictorio, pero que para mí está muy claro. Sencillamente, está pidiendo que nadie eche por tierra la labor que su madre hizo con ellos, probablemente con mucho sacrificio, que nadie levante la polvareda de odio que su madre no quiso.

     Hoy, después de un verano de víctimas y verdugos, con tantos motivos para odiar, con tanto odio circulando en redes y medios, yo quiero recordar a esta mujer y a todas las mujeres que han vivido, viven y vivirán tragedias que no quieren legar a sus hijos. Los parieron con amor, los criaron con amor y no quieren odio para ellos.